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abril 11, 2016

Amigos (así, en masculino y plural): estamos mal.

Hablo de ellas y de nuestra manera de estar con ellas, de mirarlas, de quererlas, de enfrentarnos cotidianamente a ellas. De no dejarlas ser por miedo a dejar de ser nosotros como nos enseñaron. 

Hablo de un sistema que nos favorece como hombres, de unas reglas del juego que nos privilegian, de una educación que nos cría opresores, de formas de vida que replicamos a veces sin darnos cuenta y a veces con ganas de sacar ventaja. [Por ejemplo esto.]

Hablo de la brutal violencia de la que somos testigos, de la que nos damos cuenta pero no la vivimos en carne propia. Somos privilegiados y, como mucho, tratamos de empatizar. Hablo de ese miedo que nunca sentiremos. [Por ejemplo esto.]

También hablo de las pequeñas cosas, de esa duda que seguido me asalta pensando en qué micromachismos invisibles incurrí hoy, de qué manera he construido relaciones dominantes, cómo sigo siendo parte de esto por dejarlo ser, por no darme cuenta, por minimizarlo. [Por ejemplo esto.] 

Y sé que nos suena raro a veces cuando lo platicamos porque problemas como el acoso laboral, la violencia de pareja o la desigualdad de oportunidades nos parecen muy distantes y no los concebimos porque no los vemos —no los queremos ver o los hemos interiorizado al grado de volverlos invisibles—, y quizá tenemos la suerte de que en nuestros círculos pasan menos. O eso creemos. Y sé también que varios de ustedes ya han tomado acción.

Así que escribo esto no para decir que tú y yo tenemos la culpa de todos los abusos y las injusticias, sino con ganas de zarandearnos un poco e insistir en que, amigos: estamos mal. En plural. Y entonces en plural nos corresponde arreglarlo. Esa colectividad empieza por manifestarnos, intercambiar ideas e incluso disentir. [Por ejemplo esto.]

Es necesario transformar nuestras relaciones personales pero eso ahora no es suficiente. Tenemos que cerrar filas, hacer notar nuestro apoyo y hacer ruido: que sepan que si sufren un abuso no es su culpa y no deben esconderlo ni sentir vergüenza. Que sepan que lo sabemos. El primer paso es expresarnos.

marzo 03, 2011

Cruzando cualquier avenida de la Ciudad de México

es fácil que me aturda el bocinazo de algún conductor enojado, con prisa o automáticamente agresivo. A ti te pasa igual, te pitan a cada rato. Y al auto de enfrente le pasa lo mismo y al ciclista y al camionero y al taxista…

Platicando en cualquier reunión sobre algún tema que implique cierta polémica –por ejemplo el reciente caso de Aristegui, el chiste Top Gear, el caso Canez, la supervía, la nueva línea del metrobús, el supuesto alcoholismo de tu presidente– es fácil recibir un bocinazo igual o más ofensivo que el del párrafo anterior.

En varias de las reuniones con mis compañeros de trabajo –muchos de los cuales son mis amigos también–, entre nosotros o con agentes externos, el bocinazo ha llegado a convertirse en argumento. Y entre los profesionales de la argumentación y la comunicación pasa lo mismo. Basta, como ejemplo, un vistazo a Tercer grado –programa de Televisa que se supone a sí mismo plural– para entender a qué me refiero con esto de la lógica del bocinazo. Me refiero a dos elementos que han generado una polarización de las ideas y han esterilizado las discusiones: el prejuicio y la lógica binaria.

El primero es un tema ya trillado; ante la apabullante cantidad de información, de propaganda y de publicidad, tomamos partido y nos volvemos feligreses de ideas fácilmente etiquetables, elegimos esquina y desde ahí lanzamos golpes al adversario. Con gran fidelidad a (un comunicador, a un líder de opinión, a un grupo político, a una figura religiosa o a) cualquier bolla que nos permita no hundirnos en esta tempestad de supuesta información, vamos por ahí prejuzgando, prejuiciando y tratando de convencer al otro de que yo tengo razón; la verdad no es ya un horizonte en las discusiones sino un punto de partida del cual parto, obviamente, yo. Y la discusión misma no es ya un camino que recorrer juntos, sino una carrera que va de mi verdad a tu aceptación. Llevo prisa, tú eres un pendejo por estar con tu auto entre el mío y el semáforo que justo ahora cambia al verde, claxon, no hay más.

El segundo, la lógica binaria, es algo que permea nuestra mente desde hace ya un rato. La misma ciencia genética se ha visto transformada por ello, pero ahora me refiero a un uno y un cero, on/off, blanco versus negro, bien contra mal. El triunfo de la moral occidental gracias al triunfo del bit y viceversa. La bocina, como el bit, no tiene medias tintas. Y parece ser que ahora, las opiniones no pueden permitirse los matices de gris. Conciliación, tolerancia, indefinidción, duda reflexiva… son cosas que la lógica binaria no acepta porque responden a un sistema mucho más complejo que esta ideología de superheroes a la que estamos acostumbrados: o eres bueno o eres malo: o pones la otra mejilla o mereces ser destruido: o me chingas o te chingo: o me cedes el paso o te pito –no un pip, sino una mentada de madre monotonal, agresiva e irrisoria en sí misma–.

Si el monitor ha sido capaz de generar millones de colores a partir de ceros y unos, si el camionero puede tener un claxon que toque La cucaracha o la Lambada. Quizá todo tenga remedio. Por eso insito: dudar de los matices confunde un poco al simplificar.

agosto 18, 2010

Fenilcetonuria

Repelente de insectos
para la niña
para no tener que tener el cruel contacto
con espejismos del paleozoico
; bloqueador solar con resistencia
al agua de mar de lago y al bendito cloralberca
(que nos mantiene lejos del monera)
.
La niña le pregunta si él de niño usaba goggles
paleta helada entonces para ella
: es un premio a su curiosidad y más aun
un freno
.
Efervescentes de vitamina ce
para la niña luego de lo frío
, mientras él piensa que dentro de unos meses
le explicará lo de la capa de ozono:
— hija, nada es como antes…

Ya entrada la noche, la niña en el sueter
es hora del lactobacilo y
por qué no, una galleta
; y una sonrisa suave de la niña
por el sabor del aspartame
.

noviembre 13, 2009

En las ferias de libros

se venden muchas estampitas. La gente no quiere leer libros, quiere tenerlos en el librero y leer de vez en cuando una revista mientras caga; quiere tener una taza con una frase chistosa o un aforismo o un verso de Paz; quiere vagar por la feria de libros (como lo haría por el outlet o por la galería) buscando una oferta cuatroporuno irresistible mientras avanza la tarde. Bien por las estampas, bien por los libreros, bien por las revistas, bien por el café.


Quizás habrá que aprender de las posiblidades comunicativas del Facebook o del Twiter; quizá tengamos que fusionar la casa editorial con la compañía telefónica para que nos lleguen microcuentos o haikús directo al celular; quizá situar la literatura fuera de su tieso mundo editorial y estamparla en las calles, en playeras, en canciones, en servilletas; quizá imprimir en papel higiénico: léase y límpiese.

O quizá me equivoco, yo cómo voy a saber lo que la gente espera de la literatura. Pero sí sé que la estrategia del wey del estand junto al mío, leyendo sus poemas con altavoz y vendiendo sus fotocopias, no me convence.

septiembre 29, 2009

En el transporte público

nadie se mira de frente: todos elegimos un punto fijo o perdido y mantenemos la vista en él para no ver de frente los ojos del pasajero más cercano. Pero esto no quiere decir que no veamos a la gente alrededor nuestro ni significa que la curiosidad ya no existe. Por el contrario, la curiosidad y las ganas de ver a la gente nos llevan a desviar miradas y a mirar de reojo o fugazmente. Todos nos sentimos observados y nos sabemos observadores pero son pocos los pasajeros que buscan la interacción con el otro. Locos, raros, incómodos, ofensivos. Cada vez somos más los que llevamos audífonos puestos. Seguimos siendo pocos los que llevamos libro abierto, pero ahora en el metrobús ya hay televisión, así que los ojos ya no deben buscar el falso punto entre el tubo y la ventana sino simplemente mirar hacia el frente, un poco arriba y sonreír de vez en cuando con los tropiezos de la gente en la pantalla.

No confundir este tetxo con una crítica a la burbuja que cada quien crea durante el trayecto ni con nostalgia de la combi pesera; no comparar con la guagua cubana o con el taxi colectivo provinciano. Creo que está bien aprovechar los 40 minutos de trayecto en el metro para leer un rato y que no tengo porqué interactuar diariamente con todos los desconocidos que se sientan a mi lado. Mi inconformidad surge cuando la situación es trasladada a la fonda en la que dos televisores programan a la hora de la comida a la familia peluche y sus gritos (los gritos en la televisión mexicana ameritan otra entrada) y sus estruendosos e hipnóticos defectos especiales. Entonces sí me caga que no se pueda platicar con nadie, ni desconocido, ni comensal, ni mesera, ni mesero; no se vaya uno a perder uno de los chistes de Derbez, que además hace ya muchos años que dejaron de ser buenos.

diciembre 26, 2008

La oficina de control vehicular

es, por suerte, un lugar muy frío: el ambiente tranquiliza tu metabolismo y aguantas más tiempo de trámites. Para dar de baja un auto primero haces el cambio de propietario (la baja la tiene que hacer el dueño, suena lógico aunque resulta un trámite de sobra si la factura va endosada, llevas carta poder y si el nuevo dueño sólo lo será por unos minutos). Una vez hecho el cambio te imprimen en plástico una nueva tarjeta de circulación, muy bien hecha y elegante, de un material resistente y no como las de antes que tenías que enmicar. Esa tarjeta te la entrega un señor, caminas seis pasos y se la das a la señora que te hizo el trámite para que la ponga junto con los otros papeles... pronto será destruida porque estás ahora dando de baja las placas de esa tarjeta, habrá vivido unos minutos. El gasto te sorprende, es un desperdicio de material y de impresora. A cuatro metros de ahí la fila de las licencias está vacía y un letrero explica: "suspendido el trámite de licencias por falta de impresora hasta nuevo aviso". Las dos encargadas de la atención de esa área platican entre sí tras el mostrador.

octubre 22, 2008

Las cajas de Zucaritas

son más grandes cada vez. Nos preguntamos en la mesa por la cantidad diaria de toneladas que se producirán del afamado cereal. No sabemos; yo sólo sé que, cuando he visto las cantidades industriales y a granel de ese tipo de cosas, no se me antojan. Luego nos fijamos más y vemos el concurso: Gana un Hummer registrando tu ticket de compra.

(Hummer merece texto aparte.)

Como no nos gusta tener el mal gusto de tener un Hummer pensamos que, de ganarlo y venderlo, podríamos enganchar un departamento (H2-09 cuesta unos 800mil pesos, H3-09 unos 430mil). Luego nos preguntamos por la cantidad de datos que nos pediría Kellogs al momento de registrarnos para el sorteo. Los datos se venden bien. Así que termina la cena y todo quedó en idea nada más.

Ahora me pregunto por la cantidad de toneladas virtuales (H2 pesa 4 ton. reales) de datos personales que corren por la red, listos para que el mejor postor sepa mi perfil consumidor y pueda hacer productos más comerciales. Paranoia aparte: la maquinita funciona.

octubre 08, 2008

Para ir de mi casa

al banorte más cercano camino por mi calle dos cuadras hasta topar con pared y ahí tomo Av. del IMAN (imán, mejor) a la derecha. Para ese entonces ya pasé por cuatro talleres mecánicos (tres en la misma esquina). En todo el recorrido, que no es de más de un kilómetro, cuento siete. Además hay un Oxxo, dos autolavados, cinco salones de belleza, dos taquerías, un vendeautos, una gasolinería, dos vendeaccesorios para autos...

Hay más comercios sobre el imán, pero mi punto es que en toda la colonia (entre vulcanizadoras, refaccionarias, estéticas, nailsnosequé) parece que nuestras mayores necesidades van del cabello al volante.

Ah, también por ahí hay una papelería. Y la otra vez, entre dos calles cerradas, vi escondidito un centro comunitario de regularización escolar.

julio 31, 2008

En ZARA tienen ofertas,

como cada verano. Alguna vez me gustaron ciertas cosas de las que venden ahí, hace tiempo que no encuentro algo “normal” que podría ponerme o incluso con ofertas me parece caro pero igual me doy la vuelta más bien por curiosidad. Hoy me emputa encontrarme con una colección llamada ECO (organic cotton collection) en la que caben playeras hechas de algodón “orgánico” libre de OGM y mamadas por el estilo, y que además tienen frases previniéndonos sobre el calentamiento global, tema cuya falsa movilización ha rendido muchos frutos para reactivar ciertas economías y para liberar conciencias.

Resulta indignante que hoy cueste trescientos pesos una playera así, que volver al origen orgánico de las telas sea tan caro. Porque ellos fueron los que inventaron los OGM (Organismos Genéticamente Modificados) para producir más y ahora nos venden más caro el producto tecnológicamente menos avanzado.

Resulta Increíble que se gaste tanto en escribir frasecitas… Acepto el poder de esos mensajes y la importancia de crear, por ejemplo, carteles o camisetas o grabados o canciones sobre temas que nos importan para comunicar nuestras preocupaciones y tratar de cambiar conciencias. Lo que quiero decir es que resulta triste cuando las causas (sociales o ecológicas o educativas o culturales) son absorbidos por la moda, no porque usarlos como motivo sea malo (notemos la diferencia entre ser motivo y ser absorbido por), sino porque entonces han perdido mucha de su legitimidad, sus intereses se han mudado a una mansión que por ventanas tiene espejos.