septiembre 09, 2010
septiembre 02, 2010
Oficio #9
Llego temprano a una esquina cualquiera (color gris cualquiera y fetidez cualquiera) y le digo algún piropo a una niña gorda. Comienza entonces mi día laboral y camino por el barrio en turno haciendo un poco de vida. Entro a una tienda y acuchillo un par de latas de refresco; sobra decir que debo salir corriendo. Escribo un falso número telefónico en una servilleta que luego abandono en un café. Le sonrío a un policía. Persigo durante cuadras a una pareja de viejos; cuando llegamos a su casa les ofrezco ayuda con las bolsas del mercado. Subo al taxi justo antes de que lo haga quien le hizo la parada y me bajo unos metros adelante. Tiro en alguna jardinera de difícil acceso un billete de cincuenta o cien pesos (parte de los gastos de viáticos). Finjo reconocer a gente desconocida y lo saludo; finjo indignación porque no me reconocen. Regreso a la esquina de la niña gorda justo a tiempo para piropear a su papá que la recogió de la escuela. Y al final de mi turno me lavo las manos con gel antibacterial, tomo el metro y me voy a pasar tarjeta con la alegría de haber hecho bien mi trabajo y la firmeza de que una que otra persona tendrá algo para recordar esta noche mientras se lava los dientes; no creas que lo hago sólo por el dinero.
agosto 24, 2010
Animales alborotadores
a Majo
Supón ahora que cada pelotita la puedes tomar con dos dedos y de pronto estar dentro de ella; recordar, pues. Eso no implica que la inmensidad exterior haya desaparecido; en algún momento saldrás a ella otra vez y de regreso a esa hoja en blanco te sentirás solo (o sola, suponiendo que seas mujer).
Pero la mente no sólo contiene el montoncito de recuerdos. Seguramente ya viste por allá, a lo lejos, un montoncito de ideas que parecen frijolitos; más para acá, al girar el cuello, una montaña de prejuicios; del otro lado se acumulan ciertos lazos... de pronto la mente ya no parece tan inmensa aunque lo sea.
Y pasa, así de pronto, revoloteando uno que otro deseo. (La frecuencia de estos animales alborotadores de la mente dependerá de cada quien, supongo yo.) Pasan volando por sobre nosotros y cagando sobre las canicas de uno u otro bulto y supongo que es normal: los sueños nos desasosiegan, nos empañan los recuerdos, hacen nidos entre las ideas germinándolas y en general alborotan todo. Son la vida dentro de esa parsimonia de paisaje.
agosto 18, 2010
Fenilcetonuria
Repelente de insectos
para la niña
para no tener que tener el cruel contacto
con espejismos del paleozoico
; bloqueador solar con resistencia
al agua de mar de lago y al bendito cloralberca
(que nos mantiene lejos del monera)
.
La niña le pregunta si él de niño usaba goggles
paleta helada entonces para ella
: es un premio a su curiosidad y más aun
un freno
.
Efervescentes de vitamina ce
para la niña luego de lo frío
, mientras él piensa que dentro de unos meses
le explicará lo de la capa de ozono:
— hija, nada es como antes…
Ya entrada la noche, la niña en el sueter
es hora del lactobacilo y
por qué no, una galleta
; y una sonrisa suave de la niña
por el sabor del aspartame
.
para la niña
para no tener que tener el cruel contacto
con espejismos del paleozoico
; bloqueador solar con resistencia
al agua de mar de lago y al bendito cloralberca
(que nos mantiene lejos del monera)
.
La niña le pregunta si él de niño usaba goggles
paleta helada entonces para ella
: es un premio a su curiosidad y más aun
un freno
.
Efervescentes de vitamina ce
para la niña luego de lo frío
, mientras él piensa que dentro de unos meses
le explicará lo de la capa de ozono:
— hija, nada es como antes…
Ya entrada la noche, la niña en el sueter
es hora del lactobacilo y
por qué no, una galleta
; y una sonrisa suave de la niña
por el sabor del aspartame
.
agosto 05, 2010
junio 11, 2010
Casa abandonada
No hay nadie nunca, nadie contesta y nadie atiende la puerta: mi vida es una casa abandonada desde hace un tiempo; en mi sala de estar ya nadie está. A veces viene alguien y toca el timbre o tira piedritas a la ventana. Yo, desde la casa vecina observo. como nadie atiende, el que llamaba se aleja, volteando hacia atrás de cuando en cuando.
mayo 17, 2010
A Different Blues
Tenía una catarina sobre el hombro, la observé varios minutos y al poco rato voló. Eso fue hace muchos años, por lo menos quince, y lo recordaba ayer por la noche mientras tenía sobre los muslos un gato acurrucado que con su ronroneo me traía a la mente, antes que la catarina, la mano de una niña que en la escuela primaria tomaba la mía trémula, traviesa y discretamente.
Pero el gato se fue como se van los gatos cuando quieren y me dejó con los ojos llorosos no de tristeza sino de alergia leve, casi imperceptible y sin embargo presente como el olor picante del aire acondicionado; recordándome entonces el deshielo de la mano de aquella niña que en cuarto de primaria tocó a la puerta de mi infancia. Las imágenes mentales se encimaban una sobre otra y sólo se borraron con el sonido emitido por el auricular del teléfono al devolverlo a la base. Todo se borra.
Seamos más claros ahora que estamos sobrios: ella tiene cinco años menos que yo y mucho más fe en las cosas. Tiene también un gato y un teléfono en su departamento; un refrigerador, una cama y una predilección por caminar descalza. Sobra decir que posee más cosas pero resultan irrelevantes por ahora.
Diría que anoche tomamos lo suficiente, pero cuando yo bebo lo suficiente la gente dice que es mucho. Estábamos, digámoslo así, borrachos los dos en su departamento como cualquier jueves por la noche. Habíamos logrado escabullirnos del Mixup con un par de discos robados y para celebrarlo pedimos pizza. Cuando sonaba “Violin Green” de Apple Juice Kid, comencé a limpiar un poco de hierba sobre la cama y ella se levantó para sacar del refrigerador un par de montejos.
Antes de que volviera a la cama sonó el teléfono y, como es de suponerse, contestó de mala gana. Mientras ella hablaba y en el estereo comenzaba a sonar “Masco”, tuve que hacer maniobras con el guato porque el gato saltó sobre mí. Yo sabía que del otro lado de la línea alguno de sus ---- le reclamaba a gritos porque ----. La llamada la estaba lastimando.
Tardó mucho al teléfono así que encendí el porro. Fue entonces que pasó lo del gato y la catarina y la mano escurridiza. Todo se borra pero deja una estela, una turbulencia. Con el click del colgar telefónico volví y la vi ahí, parada al centro de la nada, pálida y semidesnuda. Cuando le corrí el porro fue que flaqueó y empezó su llanto, su moqueo, su tartamudeo y mi silencio. La trompeta de Miles no ayudó más: el disco había terminado.
Es momento de dejar de ser claros, ahora empiezo a dejar de sentirme sobrio y no sé, pero ojalá nunca le hubiera conocido esa expresión desconsolada. Mocos y comisuras enrojecidas. La cosa es que ni siquiera traté de entender lo que ella balbuceaba porque supe de inmediato que no quería verla más. Tomé mi ropa y lo quedaba de droga; la besé tiernamente y luego, de un tirón, la aventé en la cama; me vestí sentado en una orilla sin decir palabra; antes de salir del departamento alcancé a decirle que el disco era un regalo; y cuando me crucé con el pizzerito en la entrada del edifico no pude más que dibujar una sonrisa: ella no tenía ni un peso.
Pero el gato se fue como se van los gatos cuando quieren y me dejó con los ojos llorosos no de tristeza sino de alergia leve, casi imperceptible y sin embargo presente como el olor picante del aire acondicionado; recordándome entonces el deshielo de la mano de aquella niña que en cuarto de primaria tocó a la puerta de mi infancia. Las imágenes mentales se encimaban una sobre otra y sólo se borraron con el sonido emitido por el auricular del teléfono al devolverlo a la base. Todo se borra.
Seamos más claros ahora que estamos sobrios: ella tiene cinco años menos que yo y mucho más fe en las cosas. Tiene también un gato y un teléfono en su departamento; un refrigerador, una cama y una predilección por caminar descalza. Sobra decir que posee más cosas pero resultan irrelevantes por ahora.
Diría que anoche tomamos lo suficiente, pero cuando yo bebo lo suficiente la gente dice que es mucho. Estábamos, digámoslo así, borrachos los dos en su departamento como cualquier jueves por la noche. Habíamos logrado escabullirnos del Mixup con un par de discos robados y para celebrarlo pedimos pizza. Cuando sonaba “Violin Green” de Apple Juice Kid, comencé a limpiar un poco de hierba sobre la cama y ella se levantó para sacar del refrigerador un par de montejos.
Antes de que volviera a la cama sonó el teléfono y, como es de suponerse, contestó de mala gana. Mientras ella hablaba y en el estereo comenzaba a sonar “Masco”, tuve que hacer maniobras con el guato porque el gato saltó sobre mí. Yo sabía que del otro lado de la línea alguno de sus ---- le reclamaba a gritos porque ----. La llamada la estaba lastimando.
Tardó mucho al teléfono así que encendí el porro. Fue entonces que pasó lo del gato y la catarina y la mano escurridiza. Todo se borra pero deja una estela, una turbulencia. Con el click del colgar telefónico volví y la vi ahí, parada al centro de la nada, pálida y semidesnuda. Cuando le corrí el porro fue que flaqueó y empezó su llanto, su moqueo, su tartamudeo y mi silencio. La trompeta de Miles no ayudó más: el disco había terminado.
Es momento de dejar de ser claros, ahora empiezo a dejar de sentirme sobrio y no sé, pero ojalá nunca le hubiera conocido esa expresión desconsolada. Mocos y comisuras enrojecidas. La cosa es que ni siquiera traté de entender lo que ella balbuceaba porque supe de inmediato que no quería verla más. Tomé mi ropa y lo quedaba de droga; la besé tiernamente y luego, de un tirón, la aventé en la cama; me vestí sentado en una orilla sin decir palabra; antes de salir del departamento alcancé a decirle que el disco era un regalo; y cuando me crucé con el pizzerito en la entrada del edifico no pude más que dibujar una sonrisa: ella no tenía ni un peso.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)