junio 11, 2010

Casa abandonada

No hay nadie nunca, nadie contesta y nadie atiende la puerta: mi vida es una casa abandonada desde hace un tiempo; en mi sala de estar ya nadie está. A veces viene alguien y toca el timbre o tira piedritas a la ventana. Yo, desde la casa vecina observo. como nadie atiende, el que llamaba se aleja, volteando hacia atrás de cuando en cuando.

mayo 17, 2010

A Different Blues

Tenía una catarina sobre el hombro, la observé varios minutos y al poco rato voló. Eso fue hace muchos años, por lo menos quince, y lo recordaba ayer por la noche mientras tenía sobre los muslos un gato acurrucado que con su ronroneo me traía a la mente, antes que la catarina, la mano de una niña que en la escuela primaria tomaba la mía trémula, traviesa y discretamente.

Pero el gato se fue como se van los gatos cuando quieren y me dejó con los ojos llorosos no de tristeza sino de alergia leve, casi imperceptible y sin embargo presente como el olor picante del aire acondicionado; recordándome entonces el deshielo de la mano de aquella niña que en cuarto de primaria tocó a la puerta de mi infancia. Las imágenes mentales se encimaban una sobre otra y sólo se borraron con el sonido emitido por el auricular del teléfono al devolverlo a la base. Todo se borra.

Seamos más claros ahora que estamos sobrios: ella tiene cinco años menos que yo y mucho más fe en las cosas. Tiene también un gato y un teléfono en su departamento; un refrigerador, una cama y una predilección por caminar descalza. Sobra decir que posee más cosas pero resultan irrelevantes por ahora.

Diría que anoche tomamos lo suficiente, pero cuando yo bebo lo suficiente la gente dice que es mucho. Estábamos, digámoslo así, borrachos los dos en su departamento como cualquier jueves por la noche. Habíamos logrado escabullirnos del Mixup con un par de discos robados y para celebrarlo pedimos pizza. Cuando sonaba “Violin Green” de Apple Juice Kid, comencé a limpiar un poco de hierba sobre la cama y ella se levantó para sacar del refrigerador un par de montejos.

Antes de que volviera a la cama sonó el teléfono y, como es de suponerse, contestó de mala gana. Mientras ella hablaba y en el estereo comenzaba a sonar “Masco”, tuve que hacer maniobras con el guato porque el gato saltó sobre mí. Yo sabía que del otro lado de la línea alguno de sus ---- le reclamaba a gritos porque ----. La llamada la estaba lastimando.

Tardó mucho al teléfono así que encendí el porro. Fue entonces que pasó lo del gato y la catarina y la mano escurridiza. Todo se borra pero deja una estela, una turbulencia. Con el click del colgar telefónico volví y la vi ahí, parada al centro de la nada, pálida y semidesnuda. Cuando le corrí el porro fue que flaqueó y empezó su llanto, su moqueo, su tartamudeo y mi silencio. La trompeta de Miles no ayudó más: el disco había terminado.

Es momento de dejar de ser claros, ahora empiezo a dejar de sentirme sobrio y no sé, pero ojalá nunca le hubiera conocido esa expresión desconsolada. Mocos y comisuras enrojecidas. La cosa es que ni siquiera traté de entender lo que ella balbuceaba porque supe de inmediato que no quería verla más. Tomé mi ropa y lo quedaba de droga; la besé tiernamente y luego, de un tirón, la aventé en la cama; me vestí sentado en una orilla sin decir palabra; antes de salir del departamento alcancé a decirle que el disco era un regalo; y cuando me crucé con el pizzerito en la entrada del edifico no pude más que dibujar una sonrisa: ella no tenía ni un peso.

abril 30, 2010

Un despojito

De los laberintos se sale sólo por arriba.
Fito Páez

Vamos a decir las cosas como son:
hoy tengo ganas de venderme por kilo
de venderme a mí y a mis recuerdos
a mis cables y al papel de reuso
a las agujetas de mis zapatotenis.

A todo se le saca su lanita
se le lleva lejos si se quiere
se le convierte en combustible.

Si logro vender mis amalgamas
regalo las encías en promoción.
Si logro vender mis mocos
te llevas de regalo mi colección de discos.
Si alguien me paga por mis pasos de baile
ya la armé, pago un boleto de metro.

Me quiero ir tan lejos como llegue la linea B
y espero estar de vuelta
para la cena.

abril 16, 2010

Acuarela sobre papel de china

Todo esto es por un gato. Yo lo imaginé primero así solito y en mi mente era azul con verde. Sabes bien que con el verde siempre he sido exigente, así que el de su pelaje no era un bandera o pistache o perico, era aqua. Los dos colores se mezclaban bien y al cerrar los ojos y concentrarme veía incluso cómo se alternaban y había algo de tornasol en ellos. Tenía además nuestro gato, que por ese entonces era mío solamente, dos hileras de dientes tan blancos como el blanco de esta pantalla y los mostraba orgulloso sin sonreír pero sin amenazar, caminando con la cola erguida hacia adelante y siempre sobre fondo rojo.

Me hubiera gustado entonces ser pintor para plasmar el cuadro aunque, apenas abrir los ojos, la imagen se desvanecía; se desvanece. Los vuelvo a cerrar y aparece ahora una mano tuya, una zurda que recorre con sus dedos desde la nuca hasta la cola. El aqua y el cian del gato se altera por el blanco floral de tu piel. Todo su cuerpo se altera, se eriza, ronronea, disfruta.

Me doy cuenta entonces de que te extraño gracias a un felino que ahora ya es nuestro. No me decido a abrir los ojos porque sé que te irás y realmente estoy disfrutando esa frontera rosa, vibrante, que se ha creado entre la imagen de tus dedos y el fondo rojo; esas fronteras todas que ha creado siempre tu piel para asombro mío. Tu cara no la veo con estos ojos cerrados, sólo tu mano; el gato huye y queda tu mano chica como siempre, de dedos chatos y rollizos, de uñas cortas, de lindo calor, de lindo sudor; tu cara no la veo: no surge la increíble combinación de rubor lavanda y destellos dorados que tu cara me brindaba.

Vuelve el gato a buscar tus caricias y tu cara nunca apareció. Entiendo entonces, por un verdeazulado con fondo rojo, que ya no te amo pero sí te extraño. Quiero verte también con los ojos abiertos.

enero 19, 2010

abandonos*

Dejarlo morir igual que a todo
igual que a las risas prefumadas
y a las noches de playa
dejar que se vaya como vino
no insistir más, verlo morir

(tiraste una semilla en la banqueta / no pegó nunca hizo caso / se ha secado)

dejarlo morir como a un abuelo
no encender velas que lo retengan
no macerar la sangre de su ausencia
verlo partir

(levaste un papalote roto / infantilmente roto kamikaze)

dejarlo ser, evidenciarse
levantar ya la tapa del retrete
y escucharlo cantar
      lejos de ti.


*Se acabó el año y varios sueños. Se murió el blog. Inutil resucitar lo que nunca nació (hablo de una mujer). Inutil resucitar lo que nunca nació (hablo de escribir constantemente). Se fueron meses que es inutil buscar. Inutil esto y otras cosas.

noviembre 24, 2009

De lo perdido, lo encontrado

Supongo que perder un amor debe ser fuerte. (Simplemente de pronto ya no estaba, lo dejaste ir, llegaste con tu amado para dárselo envuelto en una cajita roja que llevabas en el pantalón pero, ¡puf! tu amor ya no estaba ahí y no te quedó de otra que regalarle un beso. Un tierno objeto éste: el amor; escurridizo, efímero, escapista.) Supongo que si luego encuentras un poco de cariño por ahí tirado y lo levantas y lo cultivas riegas podas limpias, puedes alguna vez volver a llenar esa cajita roja. Supongo que eso es la felicidad de la que tanto te han hablado, o eso crees.

noviembre 13, 2009

En las ferias de libros

se venden muchas estampitas. La gente no quiere leer libros, quiere tenerlos en el librero y leer de vez en cuando una revista mientras caga; quiere tener una taza con una frase chistosa o un aforismo o un verso de Paz; quiere vagar por la feria de libros (como lo haría por el outlet o por la galería) buscando una oferta cuatroporuno irresistible mientras avanza la tarde. Bien por las estampas, bien por los libreros, bien por las revistas, bien por el café.


Quizás habrá que aprender de las posiblidades comunicativas del Facebook o del Twiter; quizá tengamos que fusionar la casa editorial con la compañía telefónica para que nos lleguen microcuentos o haikús directo al celular; quizá situar la literatura fuera de su tieso mundo editorial y estamparla en las calles, en playeras, en canciones, en servilletas; quizá imprimir en papel higiénico: léase y límpiese.

O quizá me equivoco, yo cómo voy a saber lo que la gente espera de la literatura. Pero sí sé que la estrategia del wey del estand junto al mío, leyendo sus poemas con altavoz y vendiendo sus fotocopias, no me convence.